Habló de una afrenta, nos habló de su carácter brusco y severo y que en esa ocasión se había visto desbordado, golpeado, humillado. No entendía, no podía perdonarse la debilidad. Yo no soy así. Su enfado se dirigía hacia sí mismo, sin pensar, nervioso, transmitía las negativas radiaciones propias del hombre que tuvo frente a él y le humilló, que yo conozco, que sé de su estupidez y de su griterío. Mezquino en su risa, en el pelo cano, en sus ojos saltarines, en la nariz afilada, en su encorvada espalda, en las camisas caras, en su desvergüenza, zapatos de ante y chaquetas de espiguilla, gafas para leer y el color del vino en los ojos, en las aletas de la nariz. De nada le sirve ese impropio atildamiento, todo es maquillaje barato, exagerado, es una vértebra de un cerdo, que ni para hacer un dado sirve
- Le han operado recientemente y eso le ha hecho fuerte. ¿Es un contrasentido? No, no lo es. Sé lo que digo. La muerte y su cercanía otorga fuerza a este tipo de estúpidos y a mí me paralizó porque vi algo en sus ojos que da miedo, algo que está por encima de él, algo que lo sobrepasa y me atenaza.
Nunca antes le había visto beber así, con determinación y fracaso. Los tres salimos a la calle y él suspiró. Le dijimos que le acompañaríamos a su casa, pero se negó, quería pasear y así lo hicimos: en silencio, pensativos y desconcertados.