Entre los libros que se había traído había un ejemplar de Rimbaud. El aprecio y el simbolismo eran debidos a una especial devoción por todo lo portátil. Si tuviese que elegir un sólo libro sería, sin duda, esta edición de bolsillo, quizá la obra completa, quizá no. Podría, lo jura, deshacerse de su biblioteca, sin dolor, con resignación, sin desasosiego, pero, también segura, este volumen la acompaña siempre. Eso dice.
La luz era amarillenta y parecía oscilar. Ni la luz era amarillenta, ni oscilaba en modo alguno, pero el libro, sus hojas prematuramente envejecidas, ese papel malo, que no ha de durar más allá de setenta o noventa años, cien a lo sumo, es decir: lo suficiente, infectaba todo en la habitación: la mesilla de noche, la lámpara, las cortinas, las maletas y su ropa ordenada sobre la silla del escritorio. Esa descomposición de la encuadernación era una descomposición propia y venenosa, el recuerdo y la fisicidad del libro van unidos y tiñen la habitación de esa amarilla penumbra decimonónica. Ella se plantea y no resuelve si el teatro es exclusivamente un espectáculo de entretenimiento o la vida misma es teatro. París no carece de dolor y arrepentimiento, ese arrepentimiento es lo que quiere desterrar. Es esa teatralidad la que acentuará. se dice. La nieve cae. El barco ebrio. Las habitaciones no dejan de ser camerinos poco antes de la función, antes de salir a escena.