entre sus pertenencias, sobre
la caja de madera, la quincalla y
la ebanistería, marquetería o
lejanas torres, era lo último, un
ofrecimiento
pensó, detenidamente, en las tensiones
y en las dulces tardes o en la falta
de puntuación, ella fue generosa
con la puntuación y no era del todo
inmerecido
locuras de jóvenes y ausencia,
disparaban gomas a los pájaros y anidaban
otros cuervos en los aleros, su madre
decía que no maltratasen a las golondrinas, pues
son criaturas de Dios, su más exacta
representación
el molino y la infancia fueron
aquella íntima presencia de aquella
chica, tan hermosa y hoy un
recuerdo y una olvidada cinta para el pelo, y
pasiones, y hombres y mujeres camino de su
trabajo
nadie sabe su nombre, se para en la plaza
y viste un hábito negro y su cara es pálida como
la luna, manos de dedos largos, pies descalzos,
vibra el viento cuando mira, cuando escruta cada uno
de los rostros y nadie se mueve, nadie
pregunta