Son las canciones y su percutir, en cielo de su memoria. Ha visto su mala educación y desea ser preciso cuando me cuenta cómo se humillan mutuamente. ¿Hay dolor? ¿Quizá, incapacidad, silencio o alardes?
Vasos rotos, gente maravillosa, conversaciones en el borde de la piscina. En la bocana de la ría los barcos comienzan su tarea. Sin retorno, hay un bisbiseo que se impone al jazz y a la secuencia mecanográfica de los platos que se van apilando en el fondo de la cocina. La música de la fiesta es un impresión, un espejismo y la gente guapa es vino agrio, porque esa es su etimología, según investigaciones recientes en los suplementos culturales y los escaparates de las librerías.
Su hermana es transparente y se pierde en los jardines de Kensington. En las tiendas, en los hoteles, en las apariencias y en los descapotables. Hoy ha sido vista en Earls Cour. Sólo es una impresión.
Ciento cuarenta y ocho lápices, cuatro gomas de borrar, papel, cartón, papel amarillo, envejecido, artesanal, tinta negra y azul, rotuladores verdes, varias tonalidades, afilalápices, cuchillas, esponjas, pinceles, seis tonos de acuarela [que no son mezclados entre sí, la pureza de su color], plumillas, dos cutters, ocho libretas, veintiocho carpetas azules, diecinueve carpetas negras, un porta láminas, una colección de láminas [completa y decimonónica]. Es su estilo versallesco.
Las cafeterías son su refugio.
Sin más dinero que 184 €, sin más cobijo que la habitación que su hermana le presta. Hoy es día de ebriedad, como ayer lo fue, como mañana lo será. Pero hay más dignidad en su descender al submundo de la ciudad que en todos los que entre aspavientos y soberbia le desprecian. Ni siquiera se cruzan sus miradas. El desprecio no es una elección, y ellos no alcanzan. 184 € son suficientes, y no necesita comer, ya no necesita comer, con un plato de sopa o de caldo es suficiente. Nada sólido, lo sólido es para los tipejos.