28.11.09

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Es un objeto pequeño e interesante. Una joya, un principio, el comentario, la abstracción o el aligeramiento de un poema, la cucharilla de plata, el tenedor dorado, pluma estilográfica o terciopelo, una cuchilla. Pasear a primera hora del día, bajo una intensa lluvia, un gran paraguas negro o azul. Hay una tienda donde venden el preciso té verde que tanto le gusta. Paisajes y la imposibilidad del teléfono, la creativa recreación de sus muebles en el folio humilde de la oficina mientras atiende el teléfono. Telefonista.


El cubículo donde se aposta el telefonista es luminoso, desde allí se ve una guardería y un parque. Le gusta, mientras atiende la llamadas, ver cómo se deshace el día en certezas y tareas. Por el parque van madres, niños, yonquis en la consecución de su preciada heroína, jubilados, ladrones, sacerdotes, aparecidos, rentistas, conseguidores. Suena el teléfono y hay una isla en venta a más de cinco mil kilómetros de distancia. Su padre es un hombre honrado, no dice nada, nunca dice nada. Le ve muy de vez en cuando, van a comer juntos y hablan de libros, de pintura y de asuntos de viejos conocidos de un pueblo al que él promete volver, pero nunca lo hace. ¿Habría de visitar la tumbas de sus abuelos?


Sierras eternas, caminos y minerales, pinceles y la sombra del padre que es aquellas montañas, su nexo, la necesidad de una explicación y el remontar los miedos de la infancia. Tejados de pizarra y gruesos muros, quizá cocinas y salterios, es un música delicada que un día sonó en aquellos lejanos valles. Niebla infinita, vino ácido, hijos de un río y de una nube, senderos, vacas, letanías, funerales y difuntos amores en la adolescencia. ¿Dónde están aquellas muchachas?