Era Salamanca, era luz, era vino que vuelve a estallar, pero ya no lo recuerda. A través de las celosías los conventos eran un incendio. No había ni humo de vanidades, ni esclavos de su poder. Sabríamos decir exactamente cuál era el nombre de la pensión y el nombre de aquellas chicas que vivían al otro lado del río. Era el vino y un demonio levantisco. No hablábamos de dinero, ni de riqueza. El silencio era la estación de tren y un autobús que nos conducía al Norte.