13.4.09

cat

Vestía gabardina negra o chaquetón azul marino de botones dorados. Llevaba un paraguas negro. La mañana, a esa hora, era oscura y profunda, aunque el día despuntaba entre las nubes: una lechosa mancha, tonos azules, viento y lluvia, un tono de vino la atrapaba. El sabor del vino, la esfera interna que supone cada reflexión, la muerte y la luz, la oscuridad y las noches entre los atribulados perdedores, en el margen, en la esquina. Ya nada de eso tenía importancia, sólo por su recuerdo, su presencia y las descargas o explosiones de melancolía. ¿El tiempo que se ha perdido envenena el presente? Caminaba con decisión hacia su trabajo. Su aspecto era el aspecto de una empleada de banca y lo sabía, lo acentuaba con precisión. Formal, demodé, forzado, con oro y maquillaje suave y de tonos pastel. Entendía la tristeza y por ello se fijaba todos los días en ella: le miraba y era un relámpago, pero sin deseo, como una comunión entre extraños, nunca se dirigirían la palabra. Una mirada triste que se cruzaba con la suya. 


Todo eso pudo leer en el correo electrónico. Como si siempre lo hubiese sabido. ¿Era tan triste? Si había cumplido cuarenta y no esperaba nada. ¿Era joven, no era joven? Habían compartido muchas cosas y no sabía nada sobre ella. La amistad tiene extrañas cavernas. Simas.


Elección, tacto y vino, trasfondo y vino, amor y vino. El tiempo de la primavera es el tiempo de mi melancolía, ella se suma y ambas compartimos la certeza de nuestro propio destino: unidas en el tiempo, alejadas en el espacio.