Aquel bar tenía las puertas verdes y los marcos de las ventanas eran verdes. Se había despertado temprano y se había quedado en la cama. La Semana Santa era un recuerdo más o menos próximo, las semanas que pasaban rápidamente y ella continuaba allí, varada, inmóvil. ¿Problemas de dinero? ¿París? Había hablado con su padre y le dijo que estaba leyendo, que daba paseos y que había comenzado un diario. Siempre habían tenido una afinidad especial. Así es la intimidad que se crea entre padres e hijas, le gustaba pensar, porque era reconfortante, una brújula. Le propuso una visita. Ella le respondió que todavía no, que era pronto. Le preguntó cuándo regresaría, si todavía pensaba en París.
- ¿Son proyectos o caprichos? Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste.
- Sabes que soy constante y terca, me tengo que curar y yo soy mi médico y mi paciente. El próximo mes debo ir a Madrid, nos veremos entonces, hablaremos y te contaré en que se basan mis problemas y cómo aquí encuentro lo que necesito. Qué palabra: necesitar.
- ¿Cuál es la enfermedad, si es que hay una enfermedad?
- El aburrimiento y sólo aquí podré ordenar lo que se ha desordenado. París sólo es una posibilidad, una referencia, un faro en la niebla. Siento ser cursi, pero no puedo decirlo de otra manera.
- Recibí un correo, en el que hablabas sobre la superstición y su poder, su fuerza que brota del interior de las personas y lo puede contaminar todo.
- Es un estallido, pero no es el momento, en Madrid hablaremos.
El sol esmaltaba el cielo y las hojas de los árboles. La voz de su padre había quedado en suspenso, en la habitación, una extraña proximidad, un velo que recubría los objetos. Sin decisión, la infancia regresó. Atravesar ese margen, redactar el computo y el asiento del día. Releyó aquello que había escrito el día anterior:
"Y el hombre me dijo: escuchas el cordel o me escuchas a mí. Pensaba que yo me había quitado el casco derecho del mp3 para oír su conversación, cuando si lo quité fue para hablar con la chica de la barra. Le dije que no le entendía, que no sabía a qué se refería. En su vaso brillaba limpio el ron, como una madera antigua, un barniz especial, untoso, un óleo, el aceite propio de los grandes maestros, una esquirla de luz en el perfil del vaso de tubo. Las puertas verdes, los marcos verdes, la barra verde y el rostro clorótico, quizá una enfermedad, quizá el mercurio que brota de los ojos y se extiende hasta llegar a las manos: enrojecidas, hinchadas, el resultado del vino, del aguardiente, del ron."