Calendas
En un buen lugar para morir: una colonia de vacaciones en invierno.
Palmeras agitadas por el vendaval, labios
e infantes, la lluvia entre la hojarasca, los bañistas,
el retrato de Elvis en un escaparate, el sabor
del whisky y la cerveza, el café de la primera hora
del día, atracciones cerradas, son los coches
de choque, caballos de celofán, las gafas,
negro sobre negro, cadenas, oro
y funámbulos, insomnes y la muerte es un instante.
La respiración se debilita. Tintura oscura sobre la almohada,
desciende la mano. La última inspiración.
Invisible mano que ilumina el paisaje
cuando cada mañana surco
los senderos del valle
y se hace altura el humo espeso y humilde
y la violetas amanecen en otra edad:
ésta que hoy poseo.
1941/1966.
1941/1966.
Cada instante se ha fosilizado en esta hora,
la sencilla estructura de los abrazos,
no se puede imitar. Las guitarras duermen,
sonámbulas, como herramientas sin engaste.
Elevada canción, el herraje cierto del estuche negro.
También, así, la última derrota, el último noctámbulo
que busca su cama: acero y agua en la mano abierta.
También, así, la última derrota, el último noctámbulo
que busca su cama: acero y agua en la mano abierta.