10.9.10

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La construcción se había retrasado meses, quizá más de un año. Ya no llevaban cuenta de los días y la chimenea, el ladrillo y el equipo de aseguración, las vigas riostras, los precisos prendedores del ladrillo y el hormigón establecían una metáfora de un mundo que se asomaba con el desarrollo de la ciudad, inquietante, con desasosiego y hermético ritmo. No era sólo una obsesión, respiró hondamente. Las transparencias de la tarde atestiguaban la lluvia próxima, el carácter de las mujeres y los hombres de aquella provincia, absoluto negro durante la noche, la falta de imaginación, el apego a la tierra y a la calderilla. Venía de tomar vino y fumar habanos, que alguien había traído y, con la disculpa de ser quién es, le ofrecieron y no dijo que no: era melancolía o desacierto, tal vez las dos cosas, simultáneamente. Los perfumes como el café recién hecho o los habanos eran especialmente evocadores, construían una atmósfera impenetrable: por eso se quedaba abstraído y pensaban que estudiaba los pájaros, su descenso hacia el mar, las gaviotas colmadas de vértigo y furia, la noche tenía las posibilidades, pero ahora prefería dormir. Con calma pagó y se hizo un cigarrillo, escogió las hebras y mezcló un poco de hachís, necesitaba una dosis de embotamie_ los pantalones acumulaban barro y los codos tenían manchas oscuras como de grasa o agua sucia. Nadie lo dabe a ciencia cierta, pero hay dinero para terminar el edificio, lo demás son rumores, no habrá más retrasos.