Palacio de Hielo: las paredes: plata y turquesa, los aleros: viento y fuego. Patinadores eternos, internos mueven el motor del mundo.Son jóvenes y hermosos, hieráticos, quizá crueles, quizá bondadosos, tal vez indiferentes. Hay ginebra en abundancia: blanca, azul, rosada. El zumo del sol es su alimento.
Hoy cumple 74 años. Su dolor es constante, la vida es dolor. Los negros augurios son pájaros negros que sobrevuelan la bahía, su dirección: el Sur. El río es un lámina de bronce oscuro, pues la noche transforma su astilla de plata en cobre o estaño, hay soles de latón y el plomo de una cuchara parece un imponderable, quizá imposible y, con todo, eso fue lo que leyó la noche anterior. Los primeros años fueron los más difíciles, pero eso sucede siempre, deberían saberlo: todavía lo cuenta con nostalgia, las monedas se estrellan contra el mostrador y es una interminable sucesión de cifras: oro, plata, bronce. No le deben nada a nadie.
Todas las estrellas adquieren la pátina verde, ese amado verde, después de su muerte. ¿Quién lo puede atestiguar, quién lo puede negar?