Aquellos cafés de la última adolescencia, cuando el tabaco era un placer lleno de misterio y autenticidad, cuando el anís competía con el vino blanco, en la tarde otoño en aquella ciudad. Oporto en nuestra memoria. Cruzábamos el país sin intenciones, sin llevar más equipaje que una astilla de hachís y diez mil pesetas llenas de brillo y juventud. Pensiones, almacenes, vino a la sombra de un puente, guitarras y canciones, cantores, el acorde sostenido de una muerte temprana, ¿era una paloma en los tejados de la catedral que se precipitaba moribunda en la celeridad pétrea de la plaza? Un gesto, el gesto de una mano y el dibujo que aparece como un misterio, la revelación de secretos que desconocíamos.
Trenes nocturnos, un acuerdo, muchachas que se miran unas a las otras y ríen. La noche es propicia para el misterio. Teléfonos de baquelita, negros y profundos, plenos de voces y silencios. ¿Qué acumula en su corazón?
denso
hachís
velocidad
negro
cuchillo
llama
aguja
acero
direcciones
vía
vibración
suerte
escape
Una lista de las palabras que habían conformado su poema bastaba para encontrar el centro de sus temores. Pensó que existía un Emperador retirado, en su jardín de flores eternas y ríos de piedra. ¿Recuerdas nuestro jardín japonés en Londres? ¿La puerta que conduce al infinito?
Probablemente lo leyó anteriormente, pero eso no importa. Ahora descansa en su dominio funcionarial y los telefonistas son sus esclavos y los ujieres le espantan las moscas que vuelan entorno a su cabeza calva, brillos de ceniza.