El metro nos llevó hasta las altas colinas, allí preguntamos y la dirección parecía no existir. Entramos en un oscuro bar, vetusto y polvoriento. Mesas y sillas negras, paredes de una madera rebarnizada oscurísima, carteles y anuncios de conciertos y actuaciones, alquileres de casas y venta de instrumentos musicales: acordeones, violines, arpas, guitarras, tambores. El hombre del fondo parecía dormido. Quizá muerto, quizá no era humano y su tez resultaba realmente ser cera y plástico, el rito de lo sintético, la parte que a todos nos toca: carne simulada, carne muerta, carne en estado líquido, el estado plasmático.
El camarero nos miró sin interés.
Le preguntamos por la dirección y añadió que no esa calle no existía ya, que su nombre había cambiado.
- ¿Qué quieren tomar?
Pedimos cerveza helada y una bolsa de patatas fritas. No había patatas fritas y nos puso un cuenco con aceitunas negras, muy condimentadas, con sabor a vinagre y a ajo. En ese extraño sabor, casi medicinal, estaba la esencia de aquel día, de aquella búsqueda, del desencuentro.
Un débil rayo entraba tímido en el bar y se estrellaba contra el suelo de madera.
No encontraríamos su casa. ¿Por qué nos había engañado? No había una razón aparente, quizá sólo sus excéntricas estrategias. Hace años le encontré a la salida de una aburridísima y prescindible conferencia sobre figuración y abstracción: provincianos figurones, empleadillos de la caja de ahorros local, funcionarios y políticos con inflado interés por lo que no les interesa, viudas, callejeros, borrachines, estudiantes que se ausentan de la pasantía que sus padres pagan con dolor. Ni siquiera sé de que hablamos, pero recuerdo con precisión su sonrisa, sus ojos sorprendidos y el veneno de sus palabras. Poner la ignorancia de relieve no es tarea agradable: ¿por qué desprecian todo aquello que no representa lo comprensible, sus propios rostros o no quieren ver su inmundicia?, dijo y yo callé.