Terminó la visita, el recorrido por aquel barrio en las únicas colinas desde donde se puede contemplar el perfil de la ciudad. Decidimos no hacernos preguntas sobre él, no cuestionar nuestras razones y afirmar, simplemente, su desaparición. Se había desvanecido en el torso de la ciudad, en los meandros del río, en la niebla del invierno, en los parques, en las torres y en los barrios y sus jardines interiores. Potentes deportivos cruzaron el barrio. Bajo un puente, un arco de hierro y pintura roja y azul y blanca decidimos que aquella no era nuestra bandera. Sólo un uso espurio podría dar tal resultado. Habíamos visto un jardín con camelios y pájaros con una rosa amarilla en el ojal, pocas monedas en el bolsillo, independencia, el dinero es la libertad. Fue entonces, entre el desanimo y la resignación, cuando encontramos las verjas del cementerio. Sin entender demasiado, nos vimos sumidos en un atmósfera pretérita que justificó aquel viaje. Lo inesperado es la savia que vivifica los cuerpos cansados, el discurrir entre el escenario y los personajes. Había crueldad, olvido, violencia y pecado inconfesos. Una tumba, un rosal, lirios muertos, mesas desencajadas, botellas de champán, senderos y filósofos muertos. Lo material es la tierra.