4.2.10

silence

El estudio estaba situado en un edificio en la parte alta de la ciudad. Desde la ventana principal se veía el río, los tejados y la cúpula de la catedral. La decoración era sencilla o inexistente. Tres estanterías, una mesa y una silla, un ordenador, una butaca, libros y una tetera sobre la mesa, una taza y el humeante cigarro. Entre los libros había un lugar destacado para la botillería. La última hora de la tarde era propicia para acudir. Ya no leeré más hoy, ha sido suficiente. Envidiable desocupación, solía decir, cuando él había dedicado todo su capital a vivir así. Y era un aislamiento determinado y con la única ocupación de desgranar las páginas de los libros que había adquirido durante años.

- Nunca salgo de casa.

Una mujer le hacía la limpieza y le preparaba la comida. Yo, como recadero del gestor que le llevaba sus asuntos, acudía a su casa cada semana para entregarle papeles que debía firmar y resultados de cuentas y alquileres, que eran los que le posibilitaban aquella extraña existencia. Comenzamos a trabar amistad, si es que se le podía llamar amistad. Un día insistió y bebí aquel whisky mágico y comenzó a explicarme su absurdo plan que consistía en [...]


[Detuvo el relato y todos quedamos en suspenso. Dijo que prefería no continuar. ¿Fue justa su decisión? ¿por qué comenzó, pues? Todavía no he sido capaz de responder, todavía no me he decidido a responder].