Esto me contó ella, pero primero me dejó la nota:
Querida Lucía, allí dónde estés:
La cabaña en el bosque era una obsesión para ellos. Habían viajado a la Selva Negra para tomar notas y de aquel viaje salió el cuaderno que tienes entre tus manos. Te lo envío porque sé que estas cosas te gustan y lo cuidarás y, con ello, ellos tendrán una persistencia, ¿no crees?
Un cuaderno de tapas negras, las hojas numeradas, un inicio y un final. Acuarelas, tintas y esbozos a lápiz graso. ¿Es un tesoro?
Sí, su investigación consistía en reconstruir una posibilidad, pero no tenían intención de ejecutarla. En estos tiempos el viaje se debe fundamentar en peregrinos intereses, alejados de la corriente que domina. Acuarelas o fotos, quizá un recorte de periódico, un viaje en febrero o marzo, con todas las aperturas posibles, que no quiere decir otra cosa que la disponibilidad a las coincidencias, a los extravíos, a la improvisación. En la Selva Negra encontraron una comuna que se dedicaba a criar águilas. Poseían cinco carromatos, un camión y dos coches, una extensión considerable de bosque y un prado. El prado estaba cerrado con malla translucida verde, una extraña jaula de grandes dimensiones. El prado era más grande que un campo de fútbol. Debían turnarse noche y día para que los huevos de los pollos fuesen adelante, para alimentar a los pollos. No hablaban apenas. Allí pasaron tres días. Les confesaron que era un negocio con grandes beneficios, pero era muy exigente. Vi los dibujos, Lucía me explicó detalladamente el relato de los días que siguieron, cómo ellos tuvieron el accidente y cómo llegó el cuaderno a sus manos.
¿Un tesoro? Sin duda, dije al tiempo que veía los apuntes sobre los carromatos, los pollos de águila y las contundentes coníferas. La solidez se transmitía con precisión. Niebla, verde profundo, la fonética del idioma.