El resplandor de las alamedas en los otoñales atardeceres.
¿Cuántos otoños todavía restan? El viento suave que atraviesa los cristales rotos. Una vez fui moderno y ese ataque a mi integridad me ha convertido en lo que soy: niebla. Es lo insustancial lo que termina por dirigir la deriva de los días: los placeres y los días, tal que el escritor francés en su diván, en su gabinete forrado de corcho, desde donde oye la ópera a través del auricular del reciente teléfono, invento novedoso y lleno de vértigo en ese pre-electrónico instante. Inconcebible, todo está llamado a pasar de moda. El musical destino es la única guía y parecía sobrado con su suficiencia y su talento, su brillo, el brillo del trabajo bien hecho y el bien se compensa con el mal y el mal se ve compensado por el bien y esa cadena eterna lo atrapa e ignora que también rendirá cuentas de sus miedos y secretos. ¿Belleza? Caía la nieve sobre el bosque y su casa era de una humedad paralizante. La humilde vida interior fue desechada. Leía y sus lecturas carecían de intensidad. Luminosos días de invierno entre frío y escarcha y su practicum extemporáneo descansaba.