22.2.09

wood

Un poco de pan de centeno con pasas y nueces y agua con café, no demasiado café. La noche es clara y cada vez que fuma en la ventana puede ver la luna, el dibujo preciso de su silueta. Vuelve a los libros, al libro, que tiene las tapas de un azul que considera especial, con un filete gris oscuro, el título en blanco, sobre el fondo azul. Hay música, casi inaudible. Se ha preguntado varias veces por el porqué de su carencia cinematográfica. No le interesa ver películas, y hace no pocos meses sostenía que el cine había desplazado definitivamente a la novela. Un arte muy superior. Sí, es cierto, se ha aligerado, un adelgazamiento progresivo. Tanto en la figura como en el pensamiento. Un recodo, una esquirla, un vencimiento, la seguridad de la libreta de ahorros a esta hora, en cama, ver que los números crecen. Hay cosas que no se explican con números y resultados, pero éstas son horas de precisión y silencio. Débilmente la música se extingue, débilmente cae en el sueño, soñará con los acontecimientos del día y no recordará nada a la mañana siguiente. Sin sorpresas ha de madrugar, como un latido, monocorde en su deambular por la ciudad, sin ebriedad, sin gastos menores, sólo paseos y destacados escaparates en los que pararse: cedazos, medias y corsetería, velones y santos, ferreterías, artículos de papelería, muebles o instrumentos musicales. Ya no es preciso liquidar el crédito, así se ahorrará la amortización. Es ese el sabor del centeno en esta hora, entre el recuerdo de la infancia y una perspectiva de futuro.


Se adentró en el bosque. Esa fue la última frase de su relato. Recogió el tabaco y las llaves que había puesto sobre el velador del café y dejó caer los párpados. Se levantó y pagó las consumiciones. Cruzó la plaza y encendió un cigarrillo. Todo giraba en torno a aquel bosque que yo no conocía, que yo no había oído nombrar. Tiempos desconocidos, lugares insospechados, historias silenciadas y que en un instante emergen de no sé dónde: de un mar agitado, encrespado, colinas y montañas, huecos, valles y crestas blancas, espuma y humos grisáceos. Altivamente se alejaba, la cabeza erguida y un paso firme. Tropezó con una niña y no se dio cuenta. Estaba muy enfadado. Se adentró en el bosque


Los libros se amontonan sobre la gran mesa del comedor, como si formasen un urbanismo incontrolado, también hay cubiletes con bolígrafos, lapiceros, subrayadores, lápices de colores, tijeras y abrecartas. Se ha deshecho de la vajilla y la cristalería, malvendida en una tienda de empeño. Desagradable e inconstante, desabrido y encerrado en sí mismo. Se adentró en el bosque.