1.2.09

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La tercera vez que lo dijo ya no tenía fuerzas, se había cansado, no tenía otra razón, ya no había motivos para insistir. La sala era blanca, los sobrios sofás negros y había una silla humilde y honrada en una esquina, tenía el estatismo de las salas de exposiciones. Tres láminas de barcos, una planta y un diploma enmarcado con junquillo azul era todo el ornamento. Olía como huelen las clínicas, los hospitales, las casas de curas, pero no era una clínica, tampoco un hospital, ni una casa de curas. Algo bien distinto, pero con conexiones con la cura, con la salud, con el entorno del bienestar, aunque, claro está, de una forma tangencial y no fácilmente reconocible. No explicó nada más y permaneció en silencio, bajó sus ojos hacia la revista y no hizo ningún gesto. Sus gestos, antes, la habían delatado, ya no era momento, al menos delante de él, es que estaba nerviosa. Estaba nerviosa y su  marido se consumía en una resignación mineral. Nada de aquello tenía que ver con ellos, pero estaban allí. Nadie les observaba, nadie era testigo de la afrenta, nadie les creería, pero para eso pagaban. El dinero deja translucir un mandato, un poder efectivo, nadie puede resistir su tacto, llegado el momento, llegada la cantidad necesaria. O quizá no, podía pensar ella, podía pensar él, y acertaban en su error. Habían malgastado muchos años en afinidades nocturnas, estaban cansados de todo aquello y ahora había un posibilidad, una concreción. Florecían las amapolas entre el trigo, un pájaro desvela la primavera, correrían por los campos, se bañarían en el río, quizá amaneciese y el día fuese eterno, como lo fueron las noches tapizadas de drogas elegantes y parlanchinas. Lo decía aquella canción: hablan tan rápido que te sangra la nariz. Ahora lo repetían para sus adentros. La secretaría los llamó. Tomaron el portafolios y la decisión estaba tomada. Venderían, eso sería lo mejor. Dinero, el olvido y la liquidación de la herencia. Fuera había parado de llover.