28.2.09

Bay

Escuchaba a Annie Philippe, tarareaba, llevaba el compás con la mano derecha, reclinada sobre el sofá bebía el whisky aguado que tanto le gusta. Durante toda la mañana había paseado por la playa. La Bahía, los bosques, la arena, el humo de los cigarrillos, un niño, conchas y su pelo rubio, teñido, sus cincuenta y ocho años. Todo le recordaba París, esa ciudad tan difícil para ella, a la que se había prometido no volver, a pesar de haber vivido allí durante casi doce años. Enseñó español y trató de escribir una novela, intentos fallidos que le causaron dolor. Las islas estaban ocultas por la niebla. La niebla caía sobre la playa, sus pies descalzos se hundieron en la arena, fría, húmeda. El niño corría hacia una duna. Su madre esperaba con los brazos abiertos, agachada. Ambos se reían. No le resultaba difícil reconstruir la escena. Tomó un folio y comenzó a dibujar corazones y calaveras, le faltaba concentración y eso es intolerable.