No le gustaba donde había dejado el coche aparcado, la bahía se restablecía del temporal. En la playa se amontonaba la resaca de la tormenta, su espuma, las algas esparcidas, botes de un imposible naranja, amarillo o verde, aquel verde que llamaban verde marujita y nunca supe porqué le llamaban verde marujia. Verde marujita, Mercurio se debatía en el cielo y en la arena corrían dos niños, sus padres, no muy lejos, trataban de montar una cometa. Podía ver el coche desde allí, pero no le gustaba donde estaba aparcado. Incertidumbre, el regreso al tabaco, la música redobla y un pájaro negro vuela, se recorta contra el cielo y se difumina entre las copas de los pinos. Las noticias se componía de presagios, incertidumbre y desaconsejadas certezas, larvadas, fósiles en sus campos, en la arena de la playa, en la huellas, en la cometa, en los los hoteles, en los chalets que se desdibujan al fondo. Debería pensar detenidamente, sin presiones, sin esperar nada a cambio de una repuesta adecuada, exacta y definitiva. No podía ser, aunque no era tarde no podía ser. Todavía el cielo permanecía cubierto.