Oyó el gallo cantar por primera vez en su vida. El frío, la mañana transparente, el perfil del bosque se esclarecía. Olor a madera, olor a sábana de lino y madera, la pared, la cal, su desconchar. Había llegado al anochecer, después de conducir cinco horas y media por la A-6. Cambio de un estado a otro, modulación y serenidad. Cambio de un estado a otro. Después de tomar café y comer una manzana, salió a pasear. Había apagado el teléfono, nadie sabe dónde estoy. En el camino hacia el pueblo la saludó una mujer enlutada, con un fardo de alguna hortaliza que no acertaba a nombrar, la saludó y continuó cuesta abajo, por la pista forestal. Vestía los pantalones del chandal, negros y flojos, las Mizuno, la camiseta de asas y sobre ella un cardigan, también las enormes gafas negras, se había recogido el pelo en una coleta, la música y sus recuerdos. Le gustaban las sesiones aleatoria, radom music, los enlaces, la incierta abstracción de la música, abstracta incluso en el discurrir de las palabras. La mujer me sonrió, habitábamos el mismo mundo, dijo en voz alta y se rió sola, con una pedantería irónica, resultado de bromas compartidas, bromas para las inauguraciones, bromas en las cenas que se dan en los áticos con motivo de un cumpleaños o en la Noche Reyes o los carnavales, pedanterías para la boutique y para la librería. Los tejados del pueblo, la aguja del campanario, los tejados de pizarra y la aguja del campanario, el esmaltado bosque de carballos. Cómo sería el verano allí, la quietud del invierno, cuántos, tal como le había contado la mujer la noche anterior, volvían de la capital, de Suiza, de Francia. Ciclos que se cumplen año tras año, el comienzo del curso, las Navidades, la Semana Santa y el verano. Vacaciones y tareas. Atrás quedaba Madrid. La ciudad en sí, los años de la facultad, el expediente brillante y el trabajo brillante, las galerías, los áticos, las cenas y los casinos o partidas de póquer, los peligros y las ausencias. Todo se ha terminado. Volvería para recoger y despedirse, solucionar los problemas que ocasionaba cancelar el contrato de alquiler y las cuentas en el banco. En una semana, a lo sumo, estaría solucionado. Tenía dinero suficiente para mantenerse en París sin trabajar un año al menos, el tiempo que le hacía, así ella lo calculaba, falta para mejorar, pulir el acento y recobrar la fluidez perdida. Encontrar un trabajo, reconstruir una identidad, a su alcance. ¿Cambiarás una ciudad por otra? ¿no existe la posibilidad que te encuentres con lo mismo en París que aquí? Ella no respondió y permaneció con la mirada pérdida en la avenida, prefiero los viajes interiores, añadió él, es una ruptura imposible y tú lo sabes. Yo quiero vivir en una ciudad, no puede ser de otra manera. La mañana era transparente e inquietante, no era silencio, sino el amenazante susurro del aire, pájaros y descargas de madera en un aserradero próximo, todo tenía un punto inquietante, era la reverberación de los último tres años. Comenzaba algo, pero para ello debería terminar algo. Algo: con su vacío, con esa certeza de no llamar a las cosas por su nombre.