9.2.09

H.003

Le dijo que era inevitable, que, salvo un milagro, nada impediría cerrar el sábado definitivamente. Definitivamente. ¿Merecía la pena? No era justo, pero sí implacable. Revisó la botillería, la loza y las neveras. Coñac, pocillos y la coca-cola helada, la cerveza helada, el aguardiente helado. Sacó una de las copas que guardaba en el congelador y se sirvió aquel espeso líquido verdoso, brillante y peligroso. Sabía de sus extravíos, de los venenos y de la ebriedad. Lo dejó estallar en la lengua con pequeño sorbo, sólo mojar los labios. Espero, lo acercó a la nariz y luego, de un trago, vació la copa. Su hermano entró y no dijo nada, era tarde, muy tarde, sonaban campanas y una moto cruzó la calle, un estruendo, un vacío, la charla suspensa que no habla de nada, la charla del último borrachín.


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