Le dijo que era inevitable, que, salvo un milagro, nada impediría cerrar el sábado definitivamente. Definitivamente. ¿Merecía la pena? No era justo, pero sí implacable. Revisó la botillería, la loza y las neveras. Coñac, pocillos y la coca-cola helada, la cerveza helada, el aguardiente helado. Sacó una de las copas que guardaba en el congelador y se sirvió aquel espeso líquido verdoso, brillante y peligroso. Sabía de sus extravíos, de los venenos y de la ebriedad. Lo dejó estallar en la lengua con pequeño sorbo, sólo mojar los labios. Espero, lo acercó a la nariz y luego, de un trago, vació la copa. Su hermano entró y no dijo nada, era tarde, muy tarde, sonaban campanas y una moto cruzó la calle, un estruendo, un vacío, la charla suspensa que no habla de nada, la charla del último borrachín.
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