13.2.09

lanzadera box


La barba, los labios hinchados, una fiebre en sus ojos, inyectados y titubeantes, un azul desleído. Todos le escuchan, y bien por curiosidad o por timidez, la curiosidad era ya un punto a su favor, guardan silencio. Los abalorios no serían un mal regalo. Así, la copa se desliza, el tabaco fluye y el humo fluye, los gestos incrementan el valor: la moneda falsa.  Nada indicaba que todo acabase como acabó. Al fondo de la mesa, tras la cena, sentía vergüenza ajena, son cosas que un hijo no debe presenciar, dijo al salir de la catedral. La ciudad ardía, no es el mejor momento para venir aquí, pero estaba segura de que la ciudad estaría desierta, pero allí estaba, ya pronto cumpliría setenta, todavía fumaba a pesar de que el médico se lo había puesto muy claro: así no aguantas seis meses, era su amigo y le apreciaba. El color del hospital, las curvas que se dibujan en los pasillos, las pesadas puertas, el ojo de buey, la manecilla naranja, placas negras con letras blancas, letras de vinilo, una hermosa y limpia tipografía. Allí se conjuraba el decorado. Lo describía con precisión y empleaba la palabra apropiada a cada objeto. La noche caerá y puede volver a ver el hospital, y sabe que pronto ha de volver, ya no es tiempo de elegir, ni tiempo de parar, aunque todo tenga su presencia: en cada trago, en cada calada, en cada palabra.