28.2.09
Bay
Escuchaba a Annie Philippe, tarareaba, llevaba el compás con la mano derecha, reclinada sobre el sofá bebía el whisky aguado que tanto le gusta. Durante toda la mañana había paseado por la playa. La Bahía, los bosques, la arena, el humo de los cigarrillos, un niño, conchas y su pelo rubio, teñido, sus cincuenta y ocho años. Todo le recordaba París, esa ciudad tan difícil para ella, a la que se había prometido no volver, a pesar de haber vivido allí durante casi doce años. Enseñó español y trató de escribir una novela, intentos fallidos que le causaron dolor. Las islas estaban ocultas por la niebla. La niebla caía sobre la playa, sus pies descalzos se hundieron en la arena, fría, húmeda. El niño corría hacia una duna. Su madre esperaba con los brazos abiertos, agachada. Ambos se reían. No le resultaba difícil reconstruir la escena. Tomó un folio y comenzó a dibujar corazones y calaveras, le faltaba concentración y eso es intolerable.
22.2.09
wood
Un poco de pan de centeno con pasas y nueces y agua con café, no demasiado café. La noche es clara y cada vez que fuma en la ventana puede ver la luna, el dibujo preciso de su silueta. Vuelve a los libros, al libro, que tiene las tapas de un azul que considera especial, con un filete gris oscuro, el título en blanco, sobre el fondo azul. Hay música, casi inaudible. Se ha preguntado varias veces por el porqué de su carencia cinematográfica. No le interesa ver películas, y hace no pocos meses sostenía que el cine había desplazado definitivamente a la novela. Un arte muy superior. Sí, es cierto, se ha aligerado, un adelgazamiento progresivo. Tanto en la figura como en el pensamiento. Un recodo, una esquirla, un vencimiento, la seguridad de la libreta de ahorros a esta hora, en cama, ver que los números crecen. Hay cosas que no se explican con números y resultados, pero éstas son horas de precisión y silencio. Débilmente la música se extingue, débilmente cae en el sueño, soñará con los acontecimientos del día y no recordará nada a la mañana siguiente. Sin sorpresas ha de madrugar, como un latido, monocorde en su deambular por la ciudad, sin ebriedad, sin gastos menores, sólo paseos y destacados escaparates en los que pararse: cedazos, medias y corsetería, velones y santos, ferreterías, artículos de papelería, muebles o instrumentos musicales. Ya no es preciso liquidar el crédito, así se ahorrará la amortización. Es ese el sabor del centeno en esta hora, entre el recuerdo de la infancia y una perspectiva de futuro.
Se adentró en el bosque. Esa fue la última frase de su relato. Recogió el tabaco y las llaves que había puesto sobre el velador del café y dejó caer los párpados. Se levantó y pagó las consumiciones. Cruzó la plaza y encendió un cigarrillo. Todo giraba en torno a aquel bosque que yo no conocía, que yo no había oído nombrar. Tiempos desconocidos, lugares insospechados, historias silenciadas y que en un instante emergen de no sé dónde: de un mar agitado, encrespado, colinas y montañas, huecos, valles y crestas blancas, espuma y humos grisáceos. Altivamente se alejaba, la cabeza erguida y un paso firme. Tropezó con una niña y no se dio cuenta. Estaba muy enfadado. Se adentró en el bosque.
Los libros se amontonan sobre la gran mesa del comedor, como si formasen un urbanismo incontrolado, también hay cubiletes con bolígrafos, lapiceros, subrayadores, lápices de colores, tijeras y abrecartas. Se ha deshecho de la vajilla y la cristalería, malvendida en una tienda de empeño. Desagradable e inconstante, desabrido y encerrado en sí mismo. Se adentró en el bosque.
17.2.09
15.2.09
transition box
Oyó el gallo cantar por primera vez en su vida. El frío, la mañana transparente, el perfil del bosque se esclarecía. Olor a madera, olor a sábana de lino y madera, la pared, la cal, su desconchar. Había llegado al anochecer, después de conducir cinco horas y media por la A-6. Cambio de un estado a otro, modulación y serenidad. Cambio de un estado a otro. Después de tomar café y comer una manzana, salió a pasear. Había apagado el teléfono, nadie sabe dónde estoy. En el camino hacia el pueblo la saludó una mujer enlutada, con un fardo de alguna hortaliza que no acertaba a nombrar, la saludó y continuó cuesta abajo, por la pista forestal. Vestía los pantalones del chandal, negros y flojos, las Mizuno, la camiseta de asas y sobre ella un cardigan, también las enormes gafas negras, se había recogido el pelo en una coleta, la música y sus recuerdos. Le gustaban las sesiones aleatoria, radom music, los enlaces, la incierta abstracción de la música, abstracta incluso en el discurrir de las palabras. La mujer me sonrió, habitábamos el mismo mundo, dijo en voz alta y se rió sola, con una pedantería irónica, resultado de bromas compartidas, bromas para las inauguraciones, bromas en las cenas que se dan en los áticos con motivo de un cumpleaños o en la Noche Reyes o los carnavales, pedanterías para la boutique y para la librería. Los tejados del pueblo, la aguja del campanario, los tejados de pizarra y la aguja del campanario, el esmaltado bosque de carballos. Cómo sería el verano allí, la quietud del invierno, cuántos, tal como le había contado la mujer la noche anterior, volvían de la capital, de Suiza, de Francia. Ciclos que se cumplen año tras año, el comienzo del curso, las Navidades, la Semana Santa y el verano. Vacaciones y tareas. Atrás quedaba Madrid. La ciudad en sí, los años de la facultad, el expediente brillante y el trabajo brillante, las galerías, los áticos, las cenas y los casinos o partidas de póquer, los peligros y las ausencias. Todo se ha terminado. Volvería para recoger y despedirse, solucionar los problemas que ocasionaba cancelar el contrato de alquiler y las cuentas en el banco. En una semana, a lo sumo, estaría solucionado. Tenía dinero suficiente para mantenerse en París sin trabajar un año al menos, el tiempo que le hacía, así ella lo calculaba, falta para mejorar, pulir el acento y recobrar la fluidez perdida. Encontrar un trabajo, reconstruir una identidad, a su alcance. ¿Cambiarás una ciudad por otra? ¿no existe la posibilidad que te encuentres con lo mismo en París que aquí? Ella no respondió y permaneció con la mirada pérdida en la avenida, prefiero los viajes interiores, añadió él, es una ruptura imposible y tú lo sabes. Yo quiero vivir en una ciudad, no puede ser de otra manera. La mañana era transparente e inquietante, no era silencio, sino el amenazante susurro del aire, pájaros y descargas de madera en un aserradero próximo, todo tenía un punto inquietante, era la reverberación de los último tres años. Comenzaba algo, pero para ello debería terminar algo. Algo: con su vacío, con esa certeza de no llamar a las cosas por su nombre.
13.2.09
lanzadera box
La barba, los labios hinchados, una fiebre en sus ojos, inyectados y titubeantes, un azul desleído. Todos le escuchan, y bien por curiosidad o por timidez, la curiosidad era ya un punto a su favor, guardan silencio. Los abalorios no serían un mal regalo. Así, la copa se desliza, el tabaco fluye y el humo fluye, los gestos incrementan el valor: la moneda falsa. Nada indicaba que todo acabase como acabó. Al fondo de la mesa, tras la cena, sentía vergüenza ajena, son cosas que un hijo no debe presenciar, dijo al salir de la catedral. La ciudad ardía, no es el mejor momento para venir aquí, pero estaba segura de que la ciudad estaría desierta, pero allí estaba, ya pronto cumpliría setenta, todavía fumaba a pesar de que el médico se lo había puesto muy claro: así no aguantas seis meses, era su amigo y le apreciaba. El color del hospital, las curvas que se dibujan en los pasillos, las pesadas puertas, el ojo de buey, la manecilla naranja, placas negras con letras blancas, letras de vinilo, una hermosa y limpia tipografía. Allí se conjuraba el decorado. Lo describía con precisión y empleaba la palabra apropiada a cada objeto. La noche caerá y puede volver a ver el hospital, y sabe que pronto ha de volver, ya no es tiempo de elegir, ni tiempo de parar, aunque todo tenga su presencia: en cada trago, en cada calada, en cada palabra.
9.2.09
H.003
Le dijo que era inevitable, que, salvo un milagro, nada impediría cerrar el sábado definitivamente. Definitivamente. ¿Merecía la pena? No era justo, pero sí implacable. Revisó la botillería, la loza y las neveras. Coñac, pocillos y la coca-cola helada, la cerveza helada, el aguardiente helado. Sacó una de las copas que guardaba en el congelador y se sirvió aquel espeso líquido verdoso, brillante y peligroso. Sabía de sus extravíos, de los venenos y de la ebriedad. Lo dejó estallar en la lengua con pequeño sorbo, sólo mojar los labios. Espero, lo acercó a la nariz y luego, de un trago, vació la copa. Su hermano entró y no dijo nada, era tarde, muy tarde, sonaban campanas y una moto cruzó la calle, un estruendo, un vacío, la charla suspensa que no habla de nada, la charla del último borrachín.
H
6.2.09
Mercurius
No le gustaba donde había dejado el coche aparcado, la bahía se restablecía del temporal. En la playa se amontonaba la resaca de la tormenta, su espuma, las algas esparcidas, botes de un imposible naranja, amarillo o verde, aquel verde que llamaban verde marujita y nunca supe porqué le llamaban verde marujia. Verde marujita, Mercurio se debatía en el cielo y en la arena corrían dos niños, sus padres, no muy lejos, trataban de montar una cometa. Podía ver el coche desde allí, pero no le gustaba donde estaba aparcado. Incertidumbre, el regreso al tabaco, la música redobla y un pájaro negro vuela, se recorta contra el cielo y se difumina entre las copas de los pinos. Las noticias se componía de presagios, incertidumbre y desaconsejadas certezas, larvadas, fósiles en sus campos, en la arena de la playa, en la huellas, en la cometa, en los los hoteles, en los chalets que se desdibujan al fondo. Debería pensar detenidamente, sin presiones, sin esperar nada a cambio de una repuesta adecuada, exacta y definitiva. No podía ser, aunque no era tarde no podía ser. Todavía el cielo permanecía cubierto.
1.2.09
138
La tercera vez que lo dijo ya no tenía fuerzas, se había cansado, no tenía otra razón, ya no había motivos para insistir. La sala era blanca, los sobrios sofás negros y había una silla humilde y honrada en una esquina, tenía el estatismo de las salas de exposiciones. Tres láminas de barcos, una planta y un diploma enmarcado con junquillo azul era todo el ornamento. Olía como huelen las clínicas, los hospitales, las casas de curas, pero no era una clínica, tampoco un hospital, ni una casa de curas. Algo bien distinto, pero con conexiones con la cura, con la salud, con el entorno del bienestar, aunque, claro está, de una forma tangencial y no fácilmente reconocible. No explicó nada más y permaneció en silencio, bajó sus ojos hacia la revista y no hizo ningún gesto. Sus gestos, antes, la habían delatado, ya no era momento, al menos delante de él, es que estaba nerviosa. Estaba nerviosa y su marido se consumía en una resignación mineral. Nada de aquello tenía que ver con ellos, pero estaban allí. Nadie les observaba, nadie era testigo de la afrenta, nadie les creería, pero para eso pagaban. El dinero deja translucir un mandato, un poder efectivo, nadie puede resistir su tacto, llegado el momento, llegada la cantidad necesaria. O quizá no, podía pensar ella, podía pensar él, y acertaban en su error. Habían malgastado muchos años en afinidades nocturnas, estaban cansados de todo aquello y ahora había un posibilidad, una concreción. Florecían las amapolas entre el trigo, un pájaro desvela la primavera, correrían por los campos, se bañarían en el río, quizá amaneciese y el día fuese eterno, como lo fueron las noches tapizadas de drogas elegantes y parlanchinas. Lo decía aquella canción: hablan tan rápido que te sangra la nariz. Ahora lo repetían para sus adentros. La secretaría los llamó. Tomaron el portafolios y la decisión estaba tomada. Venderían, eso sería lo mejor. Dinero, el olvido y la liquidación de la herencia. Fuera había parado de llover.
