23.10.10

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La señora tenía una tienda de ropa y le gustaba coleccionar fotografías. Todas las tiendas de ropa de aquella oscura provincia tenían algo maravilloso. Algo espeso y una ciénaga de desesperación. Una de sus preferidas era un tríptico londinense: un bosque, una puerta de bronce (¿bronce?), una vista entre puentes y raíles y algo que fotógrafo llamaba, en su ignorancia, ángel. ¿Ángeles? Los ángeles eran negros y prescindibles, quizá sus cuadros y sus pinceladas gruesas, hoy no es parte de la humanidad. La estación de tren eleva su simetría contra las agujas de la catedral. Ahora los paseos son de una hora medida. La limosna para substituir en Londres, un segundo premio. La tendera se tiene por una mujer elegante y es afilada como un dedal, es su pelo una estopa continuada y estéril. Una vez compró un automóvil negro y hoy descansa en uno de los cementerios, en las chatarrerías de la frontera. Repite la letanía y no hay descansos, ni pausas.