16.10.10

dig

Mi habitación es una cueva profunda. Tengo colgados de las paredes retratos y paisajes, hay libros y montañas de libros, fotos coloreadas, botellas de agua verde o azul, días que se han quedado marchitos contra las espesas alfombras de lana y seda, es Oriente y es Occidente, un Buda pequeño, un dado dorado, un chino que soporta una linterna que ilumina cada anochecer la lectura, mecheros y llamas artísticas, aliteraciones y dobles compartimentos, cajones y gavetas, la baquelita de los teléfonos, el celofán de los dioses, la modernidad de aquellas aventureras estudiantes de derecho, ¿realmente hoy son jueces? Mi habitación por momentos es alargada y estrecha, se transforma en una circular estancia con estanque y peces de acero azul, palabras definitivas o grandes lienzos de espeso óleo donde las batallas son un misterio de religión y ebriedad. Hay luz en la calle y siento ascender el orín de los borrachos a los balcones granados, engalanados de geranios y acordes fúnebres, el envés de la nube es otra nube. Se alejan esos pájaros que ella no puede nombrar, pues cada palabra encierra un conjuro, una deserción y una defensa. Eternidad. Doscientos libros son un exceso, un trabajo sin sentido. Aquellas casas frente al parque que tanto me gustaban me acompañan hoy en mi agonía: qué fácil es pensar en juegos y niños, en madres jóvenes, en padres brillantes, una corbata y un sombrero azul y las acciones perfectas, la afinación del mobiliario, pianos y ebanistas, la taracea y la madreperla. Los días se oscurecen y ahí está el centro, la esencia, el núcleo.