26.3.10

f.

Sin mucho interés recogió el sobre que su marido le entregaba. Ambos tenían prisa, sin embargo no desconocían los resortes que impiden estar en el punto de mira del vecindario. ¿Es mezquino?, preguntó ella, pero él no respondió. No son razones. Había comprado una falda, unas medias y unos zapatos negros. El cuarto oscuro era una certeza, en la infancia, pero los días han cambiado su color. Negro y azul, el principio de la luz es el deseo. Atravesado por una flecha, corazón negro, precio o locura. El chico se volvió loco de tanto estudiar, esa afirmación era detestable: qué gran mentira, la locura estaba instalada en sí mismo desde hacía años. Una infamia. Quizá una pequeña porción de amor le hubiese salvado, por contra, sumido en el egoísmo, sucumbió a los desatinos que ella necesitaba para mantenerse en el centro, en su centro. No sin complicación estableció un riguroso orden en el día a día. Eso le salvó: la disciplina es la receta, la mágica receta, no hay otra solución.


Peces eternos e inquietantes.


A las cuatro de la mañana recordó el nombre de aquella muchacha. La melancolía es un humor negro. Es el negro que tintó sus ojos grandes y acuosos. Pintura en las mejillas, gotas de licor, la canción más triste, el sin sabor de los amargos días de otoño, el recuerdo de un cuadro en Londres, el escaparate de una mercería, hilos y botones. Vestía harapos y era bello como la secuencia de una eléctrica máquina musical. Acordes o arpegios, la pulpa y la substancia. Las palomas vuelan más allá de las altas plazas, las terrazas de la ciudad. La mezquina ciudad que hoy nos desprecia.